Todos somos tu historia

Cuando llegué a la primera sesión de “entrenamiento” con Mónica Bejarano recuerdo que explicó un poco acerca del por qué se le llama “entrenar” y no ensayar. Así estábamos acostumbrados como actores a llamar a las sesiones. ¿Qué hay que entrenar entonces? ¿Cuánto tiempo vamos a entrenar para dar función? No lo sabíamos. Ahhh!!! ¿qué es esto? Fue de las primeras cosas a las que yo no estaba acostumbrada como actriz. Pero confiaba completamente y estaba tan ansiosa por saber qué demonios era el Teatro Playback que no lo dudé. Pasaron algunos meses antes de que Mónica nos propusiera la primera función.

Yo muchas veces no sabía qué estaba haciendo. Me sentía perdida, no sabía si estaba bien o mal, si me pasaba o si me faltaba. Términos a los que estaba acostumbrada en  actuación. No tenía referencias de nada ni de nadie. Cuando contábamos historias entre nosotros las risas o comentarios nos daban una vaga idea de haber logrado algo o no.  Pero seguía en el limbo. Sentía libertad y mi cuerpo hacía movimientos y mi boca decía frases. Se me ocurrían cosas. Sentía como que alguien me empujaba por la espalda en ciertos momentos. Impulsos. Pero me seguí sintiendo perdida por un tiempo.

En aquella primera función una mujer contó una historia acerca de su marido que recién había fallecido. Yo estaba impresionada y me preguntaba cómo contaba públicamente una historia de mucho dolor pero al mismo tiempo también estaba feliz por compartirla. Me eligió para representarla en la historia. Me dió mucha emoción pero también temblaba de miedo. Como el personaje del esposo eligió a un buen amigo y compañero con el que me sentía muy agusto y sabía que no me dejaría morir sola en escena. Hubo momentos muy divertidos,  incluso el público de primera fila intervino y yo respondí desde arriba. No pude evitarlo, mi pequeña comediante también tuvo su espacio. Pero también hubo momentos de nostalgia recordando al marido, de dolor por sentirse sola. Y era como si yo lo extrañara, como si yo también me hubiera quedado sola.  Y lloré como ella lloro. Lloré con ella.  Al final de la historia cuando vi directamente el rostro de esa mujer que lloraba y se reía empecé a entender de qué se trataba esto.

Hace casi 20 años di clases durante solo 1 semestre en una preparatoria. Una alumna al final de la clase me seguía y me hacía preguntas acerca de la escuela de teatro, de cómo sobrevivir como artista, de lo que dijeron mis padres ante mi desición. Me dijo que sus papás se negaban a que estudiara alguna carrera artística.  Al final del semestre yo me fui de la escuela y me fui del país por un rato, así que hice una fiesta. Ella pidió a sus padres que la llevaran para despedirse. Y ahí los conocí. El señor me expresó la preocupación de la inclinación artística de su hija. Sheila y yo seguimos en contacto, regresé de México empecé a entrenar Teatro Playback y la invité a la función.

La noche de la primera función Sheila llevó a su mamá y la señora pasó a contar una historia donde hablaba de la muerte de su esposo y de cómo lo extrañaba. Un par de años después ella también murió. Sheila y yo seguimos siendo amigas. Ella estudió cine y también es maestra.

No les digo que después de esto ya no me sentía perdida, seguí sintiéndolo un rato. Pero sola ya no estaba. Empecé a conectarme con las historias de otros de la mejor manera en la que pudo suceder. Sintiendo su dolor, su temor, su felicidad, llorando y riendo con ellos.  Y ahora mi historia también está llena de sus historias. Y ahora todos somos parte de esa historia porque también acaban de escucharme.

*Dedicado con todo cariño para la señora y señor Mondragón.

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